COMISION DE ECUMENISMO Y DIALOGO INTERRELIGIOSO DE LA ARQUIDIOCESIS DE BUENOS AIRES

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uni DOCUMENTO APARECIDA (CAPÍTULO 5.5, 227-239)

 

 

5.5 DIÁLOGO ECUMÉNICO E INTERRELIGIOSO


5.5.1 Diálogo ecuménico para que el mundo crea
227. La comprensión y la práctica de la eclesiología de comunión nos
conduce al diálogo ecuménico. La relación con los hermanos y
hermanas bautizados de otras iglesias y comunidades eclesiales
es un camino irrenunciable para el discípulo y misionero, pues
la falta de unidad representa un escándalo, un pecado y un atraso
del cumplimiento del deseo de Cristo: “Que todos sean uno, lo
mismo que lo somos tú y yo, Padre y que también ellos vivan unidos
a nosotros para que el mundo crea que tú me has enviado”
(Jn 17, 21).
228. El ecumenismo no se justifica por una exigencia simplemente
sociológica sino evangélica, trinitaria y bautismal: “Expresa la comunión
real, aunque imperfecta” que ya existe entre “los que fueron
regenerados por el bautismo” y el testimonio concreto de fraternidad.
El Magisterio insiste en el carácter trinitario y bautismal
del esfuerzo ecuménico, donde el diálogo emerge como actitud
espiritual y práctica, en un camino de conversión y reconciliación.
Sólo así llegará “el día en que podremos celebrar, junto con todos
los que creen en Cristo, la divina Eucaristía”. Una vía fecunda
para avanzar hacia la comunión es recuperar en nuestras comunidades
el sentido del compromiso del Bautismo.
229. Hoy se hace necesario rehabilitar la auténtica apologética que
hacían los padres de la Iglesia como explicación de la fe. La apologética
no tiene porqué ser negativa o meramente defensiva per
se. Implica, más bien, la capacidad de decir lo que está en nuestras
mentes y corazones de forma clara y convincente, como dice
san Pablo “haciendo la verdad en la caridad” (Ef. 4, 15). Los discípulos
y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una
apologética renovada para que todos puedan tener vida en Él.
230. A veces, olvidamos que la unidad es, ante todo, un don del Espíritu
Santo, y oramos poco por esta intención.
Esta conversión del corazón y esta santidad de vida,
juntamente con las oraciones privadas y públicas por
la unidad de los cristianos, han de considerarse como el
alma de todo el movimiento ecuménico y con razón
puede llamarse ecumenismo espiritual.
231. Hace más de cuarenta años, el Concilio Vaticano II reconoció la
acción del Espíritu Santo en el movimiento por la unidad de los
cristianos. Desde entonces, hemos recogido muchos frutos. En
este campo, necesitamos más agentes de diálogo y mejor calificados.
Es bueno hacer más conocidas las declaraciones que la
propia Iglesia Católica ha suscrito en el campo del ecumenismo
desde el Concilio. Los diálogos bilaterales y multilaterales han
producido buenos frutos. También es oportuno estudiar el Directorio
ecuménico y sus indicaciones respecto a la catequesis, la
liturgia, la formación presbiteral y la pastoral. La movilidad humana,
característica del mundo de hoy, puede ser ocasión propicia
del diálogo ecuménico de la vida.
232. En nuestro contexto, el surgimiento de nuevos grupos religiosos,
más la tendencia a confundir el ecumenismo con el diálogo
interreligioso, han obstaculizado el logro de mayores frutos en el
diálogo ecuménico. Por lo mismo, alentamos a los ministros ordenados,
a los laicos y a la vida consagrada a participar de organismos
ecuménicos con una cuidadosa preparación y un esmerado
seguimiento de los pastores, y realizar acciones conjuntas
en los diversos campos de la vida eclesial, pastoral y social. En
efecto, el contacto ecuménico favorece la estima recíproca, con-
voca a la escucha común de la palabra de Dios y llama a la conversión
a los que se declaran discípulos y misioneros de Jesucristo.
Esperamos que la promoción de la unidad de los cristianos,
asumida por las Conferencias Episcopales, se consolide y fructifique
bajo la luz del Espíritu Santo.
233. En esta nueva etapa evangelizadora, queremos que el diálogo y la
cooperación ecuménica se encaminen a suscitar nuevas formas
de discipulado y misión en comunión. Cabe observar que, donde
se establece el diálogo, disminuye el proselitismo, crece el conocimiento
recíproco, el respeto y se abren posibilidades de testimonio
común.
234. Como respuesta generosa a la oración del Señor “que todos sean
uno” (Jn 17, 21), los Papas nos han animado a avanzar pacientemente
en el camino de la unidad. Juan Pablo II nos exhorta:
En el valiente camino hacia la unidad, la claridad y prudencia
de la fe nos llevan a evitar el falso irenismo y el
desinterés por las normas de la Iglesia. Inversamente, la
misma claridad y la misma prudencia nos recomiendan
evitar la tibieza en la búsqueda de la unidad y más
aún la posición preconcebida o el derrotismo que tiende
a ver todo como negativo.
Benedicto XVI abrió su pontificado diciendo:
No bastan las manifestaciones de buenos sentimientos.
Hacen falta gestos concretos que penetren en los espíritus
y sacudan las conciencias, impulsando a cada uno
a la conversión interior, que es el fundamento de todo
progreso en el camino del ecumenismo.

5.5.2 Relación con el judaísmo y diálogo interreligioso
235. Reconocemos con gratitud los lazos que nos relacionan con el
pueblo judío, con el cual nos une la fe en el único Dios y su Palabra
revelada en el Antiguo Testamento. Son nuestros “hermanos
mayores” en la fe de Abraham, Isaac y Jacob. Nos duele la
historia de desencuentros que han sufrido, también en nuestros
países. Son muchas las causas comunes que en la actualidad reclaman
mayor colaboración y aprecio mutuo.
236. Por el soplo del Espíritu Santo y otros medios de Dios conocidos,
la gracia de Cristo puede alcanzar a todos los que Él redimió, más
allá de la comunidad eclesial, todavía de modos diferentes.
Explicitar y promover esta salvación, ya operante en el mundo, es
una de las tareas de la Iglesia con respecto a las palabras del Señor:
“Sean mis testigos hasta los extremos de la tierra” (Hch 1, 8).
237. El diálogo interreligioso, en especial con las religiones
monoteístas, se fundamenta justamente en la misión que Cristo
nos confió, solicitando la sabia articulación entre el anuncio y el
diálogo como elementos constitutivos de la evangelización. Con
tal actitud, la Iglesia, “Sacramento universal de salvación”, refleja
la luz de Cristo que “ilumina a todo hombre” (Jn 1, 9). La
presencia de la Iglesia entre las religiones no cristianas está hecha
de empeño, discernimiento y testimonio, apoyados en la fe,
esperanza y caridad teologales.
238. Aún cuando el subjetivismo y la identidad poco definida de ciertas
propuestas dificulten los contactos, eso no nos permite
abandonar el compromiso y la gracia del diálogo. En lugar de
desistir, hay que invertir en el conocimiento de las religiones, en el
discernimiento teológico-pastoral y en la formación de agentes
competentes para el diálogo interreligioso, atendiendo a las diferentes
visiones religiosas presentes en las culturas de nuestro continente.
El diálogo interreligioso no significa que se deje de anunciar
la Buena Nueva de Jesucristo a los pueblos no cristianos, con
mansedumbre y respeto por sus convicciones religiosas.
239. El diálogo interreligioso, además de su carácter teológico, tiene
un especial significado en la construcción de la nueva humanidad:
abre caminos inéditos de testimonio cristiano, promueve la
libertad y dignidad de los pueblos, estimula la colaboración por el
bien común, supera la violencia motivada por actitudes religiosas
fundamentalistas, educa a la paz y a la convivencia ciudadana: es
un campo de bienaventuranzas que son asumidas por la Doctrina Social de la Iglesia.

 

 

 

 

 

 
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